Compasión o empatía hacia todo lo demás

Siempre he adaptado mi vocabulario al respecto de la palabra compasión. Para mi esta emoción estaba relacionada con la sensación de pena que te provoca ver a otro ser vivo que lo está pasando mal o que sufre ante una injusticia y el sentimiento que te provoca esa situación lo identificaba como compasión. Sin embargo, a raíz de leer un artículo del que he extraído estas conclusiones, muy certeras del libro “Mindfulness y ciencia” (Alianza editorial), mi creencia al respecto ha cambiado totalmente. En el artículo se defiende la compasión no como un sentimiento sino como un estado emocional muy positivo que nos hace sensibles al sufrimiento y nos empuja a actuar para aliviarlo. Es un mecanismo que nos ayuda a calmarnos, un mecanismo de supervivencia que nos dice -¡venga, adelante tú puedes ayudar!- por lo que nos proporciona la seguridad necesaria para pasar a la acción. Es por esto que poder desarrollar esta capacidad en nuestro propio ser nos ayudará a ser mejores personas y por tanto a aumentar nuestro bienestar final.

El Dalai Lama afirma “si quieres que otros sean felices, practica la compasión; si quieres ser feliz tú mismo, practica la compasión“. Esta frase es muy alentadora y nos debe colocar a las personas que somos compasivas de manera innata, en la cima de la montaña, ya que podemos llegar a ser capaces de sentir de una manera afectiva, comprender a ese otro ser en su dolor y tener la iniciativa posterior de poder ayudarle. En lugar de ser un estado de sufrimiento al contemplar el dolor, puede verse como un motivo para orientarnos en la vida con el objetivo de alcanzar nuestro propio bienestar y el de los demás.

En ocasiones si somos muy sensibles al sufrimiento podemos encontrarnos con que al presenciar una situación incómoda y dolorosa para nosotros, pero una situación que le esté ocurriendo a otro ser vivo y que no podamos hacer nada por evitarla, o eso creamos, evitamos el contacto ante esa situación. Se resume con el refrán “ojos que no ven corazón que no siente”. Aunque para mí, esto no es del todo cierto ya que las personas que somos sensibles nuestros corazones sufren por ello también. Esta empatía no es sana y hay que transformarla en un estado positivo que nos motive a pasar a la acción en lugar de mirar para otro lado, eso es realmente la compasión. Si observando cierta escena permitimos que los sentimientos que nos producen ese dolor se transformen en positivos haremos que crezca en nuestro interior el amor y por tanto la necesidad de proporcionar  a ese ser alivio para calmar su dolor o sufrimiento.

Desde Darwin y su teoría de la evolución, muchos científicos defienden el origen evolutivo de la compasión, como un rasgo emocional y conductual que nos ayuda a reducir el sufrimiento y que es diferente a otras emociones como la tristeza.

Diferentes estudios neurológicos a través de resonancia magnética, han determinado que tanto la empatía como la compasión generadas de diferentes situaciones sobre los pacientes según diferentes estímulos, constituyen estados internos muy diferentes en ellos. La compasión activa áreas cerebrales que generan sentimientos de seguridad, de afiliación y de amor. Muchos de ellos ya fueron activados en la infancia de los individuos en situaciones de apego seguro (cuando la protección por parte de los progenitores era la adecuada y la esperada por el niño/a). El científico Paul Gilbert ha llamado a los circuitos neuronales que organizan esa conducta “sistema de calma y afiliación” ya que proporcionan seguridad, satisfacción, paz y alegría al individuo. Un ejemplo de ello: un bebé que llora y se calma cuando su madre lo coge en brazos, se siente protegido y seguro y por tanto deja de llorar.

Aunque este sistema de cuidado no desaparece cuando nos hacemos adultos ni mucho menos, sigue siendo la base neural de nuestra capacidad de sentirnos seguros, queridos y tranquilos y al estar activo es cuando surgen los sentimientos de compasión y felicidad en nosotros/as. En nuestra vida llena de estrés y continuas situaciones de superación, no solemos activar este sistema de calma por lo que surgen las situaciones de ansiedad y nerviosismo, y por tanto se reducen los vínculos que pudieran derivarse del mismo hacia nuestros semejantes. Se reduce la capacidad de relacionarnos, somos menos solidarios y surgen el desapego emocional hacia la comunidad, en resumen, disminuimos el contacto social.

Pero según Gilbert existen otros mecanismos necesarios para el mantenimiento de la vida y la salud mental en los seres humanos que son el sistema de amenaza y protección que nos ayudan a reaccionar ante situaciones de peligro o agresión externa y el sistema de logro que nos incentiva en la búsqueda de recursos para sobrevivir. Pero tener activados estos dos sistemas no nos garantizan éxito seguro, ya que si el primero del que hemos hablado no es utilizado plenamente como se debiera, esos dos últimos sólo se activarán en situaciones de autocrítica generando miedos y sentimientos de rabia o vergüenza en nosotros/as, por lo que el sistema de calma en muy necesario poderlo activar para contrarrestar el efecto estresante de éstos y devolvernos el equilibrio emocional que necesitamos. Por tanto desarrollar la autocompasión con nosotros/as mismos/as es una herramienta para aumentar el bienestar, reducir la violencia y promover una convivencia amable con el resto de la sociedad.

Escrito por Carolina Mercado González

En Deleitosa (Cáceres) a 24 de julio de 2017

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